martes, 21 de agosto de 2007

COLOR DE VERANO




Florida, zona Atlántica, viaje de verano. Nos alojamos en un conjunto de apartamentos a los que los yankis llaman “condominios”. Calor. Temperaturas muy elevadas y un alto grado de humedad. La vegetación, que abunda, se sale de toda madre, como si le faltara bosque. Si quieres ver gente, vete a la playa porque nadie anda por la calle, sólo conducen. Las playas son largas, de arena blanca y suave y con un carril para que circulen los coches. En el aparcamiento de arena una pareja que ha subido sus hamacas a la parte trasera de la ranchera, escucha el transistor, observa el panorama y se deja observar; casi lo pide a gritos. Una mujer toma el sol en una tumbona. Esta tan gorda que parece que se va caer por los dos lados. Cuando se levanta exhibe terribles lorzas de grasa y pellejo; se nota que no ha leído nuestro último número (o quizás si). Coge un gran vaso de bebida, entra en el agua, no nada, no anda, tiene tal volumen que se podría decir que navega. Y mientras, bebe, impasible el ademán. Escenas como estas las verás con frecuencia. Lo que no verás será un top less, ni bellezas que supieran lucirlo, ni bikinis atrevidos, ni piernas tersas y largas que nacen en tela escueta. Tampoco verás tíos morenos y marcando tabletita de chocolate. Y es que en la playa no hay color. Hay pelícanos, garzas, gaviotas y tortugas… Pero color, lo que se dice color, ese color que tú y yo sabemos, ese no lo busques aquí. Y a fin de cuentas ¿qué es una playa sin color? Uno se acuerda de lo coloridas y de buen rollito que se ponen nuestras playas en verano…

Tengo un vecino que en su matricula delantera ha puesto “Cocacola”. Pregunto por qué y me dicen que es porque le gusta. Pienso que yo tendría que poner “Anís del Mono” o “Sol y sombra”. Algún gracioso ha aprovechado la noche para cagarse en la piscina. Entre bromas me dicen que es una forma de despedir el verano.

Para la revista 943

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