Esta es la breve historia de un deporte que enamoró a gentes como Mark Twain, Jack London o Peter Viertel. En un principio su práctica fue autodidáctica pero enseguida aparecieron las escuelas. El surf llegó al País Vasco llegó a mediados de los 60. Hoy existe toda una infraestructura de aprendizaje y alojamiento.
Corría el año de 1778, cuando las naves del capitán Cook, al servicio de la Armada Británica, llegaron a las Islas Hawai. Toda la tripulación pudo ver cómo los indígenas de aquellas islas se desplazaban sobre las olas con unas extrañas tablas de madera. Cook quedó fascinado observando a uno de ellos y en su diario de a bordo, dejó escrita la siguiente frase: “No pude evitar llegar a la conclusión de que aquel hombre estaba experimentando un placer supremo mientras el mar lo conducía tan rápida y suavemente”. Tras Cook llegaron los clérigos y los comerciantes, llegaron también los escritores americanos Mark Twain y Jack London. Ambos quedaron también fascinados al ver a los isleños practicar el surf. Desde Hawai, el surf se extendió hasta California y allí adquirió fama.
La llegada del surf a la Costa Cantábrica se atribuye al escritor y guionista de Hollywood Peter Viertel. Éste llegó a Pamplona con un grupo de cineastas para rodar los exteriores de la película The Sun Also Rises, de Hemingway. Viertel había acordado con su amigo Zanuck, hijo del famoso productor de la Fox, pasar unos días en la vecina costa francesa una vez terminado el trabajo. A pesar de vivir en Santa Mónica (California) y de ser un gran aficionado al deporte, Viertel no era un experto surfista. Había pedido ayuda a su amigo Zanuck para que le enseñara la práctica de este deporte y con ese propósito, escondieron un par de tablas de surf entre los bártulos del rodaje. Las cosas no salieron del todo bien y todo el equipo de cineastas marchó de vuelta a Hollywood, quedándose el guionista sólo en Biarritz. Al escritor no le quedó más remedio que aprender solo. Pasado un tiempo y acompañado de un grupo de jóvenes del lugar, Viertel conseguía deslizarse sobre las olas de la Côte des Basques ante las atónitas miradas de la gente que allí había. Esto sucedía en el otoño de 1957.
Desde Biarritz el surf se fue introduciendo en el País Vasco y así llegó a la playa de Zarautz, hoy capital del surf en la Península Ibérica. Era el año 67. Los jóvenes que se iniciaban lo hacían también de manera autodidacta y así siguieron las cosas durante mucho tiempo. Al principio existían teorías sobre cómo ponerse de pie en una tabla: levantar primero la pierna delantera y asegurar el acople a la ola antes de levantar la trasera era una de ellas. Otra teoría proponía ponerse de rodillas en la tabla al coger la ola y pasar luego a incorporarse del todo. Los más osados decían que bastaba un salto rápido y ágil en la tabla para ponerse de pie sobre ella. Al final, cada uno se apañaba como podía y tras mucho tiempo de entrenamiento y remojo, se llegaba a cabalgar sobre las olas sin demasiadas florituras. Ya habría tiempo para perfeccionar el próximo verano. Así, a base de insistencia y sin más noción que nuestra propia intuición, fuimos aprendiendo una generación tras otra, sin más ayuda que los consejos que los veteranos nos daban.
Todavía recuerdo aquel mes de junio del 86, estábamos tirados sobre la arena de la playa hablando de surf, como siempre. Ese era nuestro principal tema de conversación. Éramos capaces de hablar de surf 24 horas al día si no había olas. La pasión por ellas, unida al desconocimiento que teníamos de todo aquello, hacía crecer la obsesión y el tema se convertía en monotema. Entonces llegó uno de nuestros amigos y nos habló de su próxima empresa: quería empezar a impartir clases de surf. Ya contaba con un primer alumno. No podíamos creer lo que estábamos oyendo. A ninguno nos pareció una buena idea: “¿Clases de Surf? Eso no puede ser, el surf no se puede enseñar, el surf se prende solo”. Era poco menos que un sacrilegio, una ruptura con la tradición autodidacta. El asunto dio para horas de conversación. Aquello no podía funcionar. Sin embargo, nuestro amigo acabó convirtiéndose en el primer profesor de surf de la playa y por tanto en un pionero. Aquel alumno suyo pasó a ser un surfista de calidad y con el paso del tiempo, terminó abriendo su propia escuela. Éramos tan ignorantes que ni siquiera sabíamos que las escuelas de surf eran habituales en cualquier playa con una cierta tradición surfista. De hecho, los nativos de las islas que descubrió Cook enseguida se dieron cuenta de que enseñar surf a los turistas del continente era un gran negocio. Las escuelas de surf existieron desde ese momento.
Para nosotros habían pasado cuatro generaciones y 20 años desde que aquellos jóvenes surfistas cantábricos empezaran a surcar las olas con sus tablones, en el 67. Pero la infraestructura de nuestro surf evolucionaba muy lentamente; nos faltaba ver cómo eran otros sitios en los que el surf estuviera más perfeccionado. No sabíamos nada. Los más lanzados empezaron entonces a preparar sus primeros viajes surfistas a otros continentes. A su vuelta traían noticias sorprendentes. De Indonesia nos contaron que había playas preciosas y que tras los arrecifes rompían olas grandes, de labios cristalinos, huecas por dentro, llenas de sol e idóneas para el tubo. En algunas de ellas sólo se podía surfear siendo huésped de un surf-camp. “Ah”, decíamos nosotros, “¿y qué es eso de un surf-camp?”. Se trataba de alojamientos especiales para surfistas. Allí se preocupaban de organizar todo tu viaje de surf: alojamiento, comida, olas, transporte…, incluso había quien aseguraba que, en según qué lugares, una zodiac te volvía a llevar hasta el pico cuando terminabas tu ola. Eso ya era el súmmum. Imaginábamos playas paradisíacas, llenas de palmeras y con cabañas de paja recorriendo la orilla. Nos parecía el colmo del surf y del exotismo. Quien más y quien menos empezó a meter monedas en una hucha y todos soñábamos con el momento en que nos viéramos en aquellas cabañitas, tranquilos y relajados, después de haber pillado las mejores olas de nuestra vida. Bajo ningún concepto adivinamos que nuestra playa pudiera estar preparada para albergar algo semejante; esas cosas podían existir en los mares del sur pero nunca en nuestra casa. Sin embargo, un año observamos que unos extranjeros traían a cientos de turistas a la playa: les proporcionaban tablas, les daban comida y les alojaban en tiendas de campaña en el monte. Nadie se quejó; nuestra playa siempre ha sido muy abierta. Alguien había sido más listo que nosotros y había montado un surf-camp donde nosotros ni siquiera lo habíamos podido imaginar. Por la playa, veíamos a todos los extranjeros, rubios y rosáceos, disfrutar con sus tablas y pasar el día tirados en la arena, como a nosotros nos gustaba hacer.
Con el tiempo nos dimos cuenta de que la playa tenía capacidad para albergar más de un surf-camp y también nos dimos cuenta de que era posible perfeccionar el mismo y ofrecer más actividades. No bastaba con proporcionar al cliente una tabla, un plato y una cama, era preciso darle también clases de surf para que alcanzara unas nociones básicas y pudiera disfrutar de las olas. Y además, por qué no, enseñarle los alrededores, por qué no ofrecerle más variedad de actividades y, sobre todo, ¿por qué el surf-camp sólo podía estar abierto en verano? La primavera y el otoño son estaciones maravillosas en el Cantábrico y muy adecuadas para la práctica del surf.
Hoy Zarautz cuenta con varios surf-camps dirigidos por importantes surfistas del lugar y con otras dos escuelas de surf. Montones de principiantes acuden a nuestras playas a tener sus primeras experiencias sobre las olas, aunque también llegan surfistas experimentados a perfeccionar su estilo. El surf ha llegado a convertirse en lo que nosotros nunca pensamos que sería: un deporte al alcance de todo el mundo.
Editado en Punto y Coma mes de julio 07
viernes, 13 de julio de 2007
EL FINAL DE LOS AUTODIDACTAS DEL SURF
Publicado por
lazaro
en
10:22
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